/ sábado 17 de abril de 2021

CONFINADO

Por motivos familiares tuve que viajar esta semana a Bogotá. Llegué en medio de lo que llaman la tercera ola, un aumento de contagios de Covid-19 que ha servido de pretexto a las autoridades locales para ordenar medidas más drásticas de confinamiento a la población local. Lo llaman 4x3 y obligó a los bogotanos a encerrarse desde el pasado sábado al lunes, y ahora desde este viernes hasta el domingo. La ola llegó puntualmente justo después de las vacaciones de Semana Santa, periodo durante el cual no se tomaron medidas restrictivas.

En la gráfica puede observarse el aumento exponencial de casos y contrastarse con la gráfica de Guanajuato, que aún no presenta aumentos importantes en los contagios a pesar de que la tendencia nacional en México ha comenzado a incrementarse en los últimos días.

La cuarentena colombiana tiene poderosos detractores, entre ellos a los pequeños comerciantes que han sido obligados a cerrar ante la amenaza de sanciones económicas y clausuras. La infracción de las medidas sanitarias conlleva una multa de unos $5.700,- pesos mexicanos y el sellamiento del local de 3 a 11 días. Muchos se preguntan por qué castigar con el cierre cuando lo que se requiere también es reactivar una economía que sigue resentida por las duras medidas que también se implementaron el año anterior. Y es que las cifras económicas no son nada alentadoras; indicadores como el de la Cámara de Comercio local en marzo, aún sin los nuevos confinamientos, mostraban el cierre definitivo del 14% de negocios de una muestra de 910 empresarios encuestados.

Los noticieros locales muestran algunos puntos de la ciudad donde dueños de pequeñas tiendas han salido a protestar y a bloquear las calles, pues las medidas privilegian a grandes superficies y supermercados que no han sido obligados a cerrar.

Mientras las UCI’s (Unidades de Cuidados Intensivos) de Bogotá se encuentran a un 78% de su capacidad, la paciencia de la ciudadanía se agota, pues la vacunación avanza a un ritmo muy lento, incluso si se compara con el avance de México.

En términos generales, siempre me he mostrado reacio a este tipo medidas, porque al revisar las estadísticas su eficacia me parece muy dudosa. Me parece que tras un año de restricciones el miedo cada vez surte menos efecto, así como la argumentación de las autoridades se vuelve cada vez más endeble. Colombia ha cerrado aeropuertos por meses, empleado sutiles toques de queda que discriminan por género o por el número del documento de identidad, o de plano ha recurrido a toques de queda nocturnos o como este 4x3, y sin embargo, sus cifras de contagios no difieren mucho de quienes han sido más flexibles.

Algo que aún me llama la atención es que a pesar de la gran cantidad de pruebas PCR realizadas en el país, no se han extendido de manera general las pruebas de antígenos o anticuerpos, que permiten reaccionar con mucha mayor rapidez a la expansión de los contagios. Nadie sabe explicar el motivo, y cuando pregunto, la primera respuesta está relacionada casi de forma automática con la corrupción: todos piensan que alguien se beneficia de eso.

Sin embargo, hay también cosas para aprender de la experiencia colombiana, en especial de la calidad de su sistema de salud que a pesar de haber sido minado por el mismo sistema neoliberal que dinamitó el mexicano, posee aún instituciones fuertes que combinan organismos privados (Empresas Promotoras de Salud o EPS’s) y públicos con un nivel muy eficaz de respuesta y servicio. Creo que ahí radica el motivo de haber evitado un colapso general.

Por lo pronto habré de afrontar el encierro con resignación, y tal vez aproveche para reflexionar que hace un siglo la gripe española cargó con unos 75 millones de personas, un 4% de la población mundial de entonces, a lo largo de dos años de pandemia. Tras sólo un año de Covid-19, ya disponemos de un buen arsenal de vacunas y a pesar de todos los aspavientos y nuevas variantes la letalidad ha sido hasta el momento un 96% menor que la de su predecesora.

Mi madre dirá que quizás son cifras estúpidas que no sirven para nada, pero a mí las estadísticas también pueden servirme como tranquilizante, no sé a ustedes.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com



Por motivos familiares tuve que viajar esta semana a Bogotá. Llegué en medio de lo que llaman la tercera ola, un aumento de contagios de Covid-19 que ha servido de pretexto a las autoridades locales para ordenar medidas más drásticas de confinamiento a la población local. Lo llaman 4x3 y obligó a los bogotanos a encerrarse desde el pasado sábado al lunes, y ahora desde este viernes hasta el domingo. La ola llegó puntualmente justo después de las vacaciones de Semana Santa, periodo durante el cual no se tomaron medidas restrictivas.

En la gráfica puede observarse el aumento exponencial de casos y contrastarse con la gráfica de Guanajuato, que aún no presenta aumentos importantes en los contagios a pesar de que la tendencia nacional en México ha comenzado a incrementarse en los últimos días.

La cuarentena colombiana tiene poderosos detractores, entre ellos a los pequeños comerciantes que han sido obligados a cerrar ante la amenaza de sanciones económicas y clausuras. La infracción de las medidas sanitarias conlleva una multa de unos $5.700,- pesos mexicanos y el sellamiento del local de 3 a 11 días. Muchos se preguntan por qué castigar con el cierre cuando lo que se requiere también es reactivar una economía que sigue resentida por las duras medidas que también se implementaron el año anterior. Y es que las cifras económicas no son nada alentadoras; indicadores como el de la Cámara de Comercio local en marzo, aún sin los nuevos confinamientos, mostraban el cierre definitivo del 14% de negocios de una muestra de 910 empresarios encuestados.

Los noticieros locales muestran algunos puntos de la ciudad donde dueños de pequeñas tiendas han salido a protestar y a bloquear las calles, pues las medidas privilegian a grandes superficies y supermercados que no han sido obligados a cerrar.

Mientras las UCI’s (Unidades de Cuidados Intensivos) de Bogotá se encuentran a un 78% de su capacidad, la paciencia de la ciudadanía se agota, pues la vacunación avanza a un ritmo muy lento, incluso si se compara con el avance de México.

En términos generales, siempre me he mostrado reacio a este tipo medidas, porque al revisar las estadísticas su eficacia me parece muy dudosa. Me parece que tras un año de restricciones el miedo cada vez surte menos efecto, así como la argumentación de las autoridades se vuelve cada vez más endeble. Colombia ha cerrado aeropuertos por meses, empleado sutiles toques de queda que discriminan por género o por el número del documento de identidad, o de plano ha recurrido a toques de queda nocturnos o como este 4x3, y sin embargo, sus cifras de contagios no difieren mucho de quienes han sido más flexibles.

Algo que aún me llama la atención es que a pesar de la gran cantidad de pruebas PCR realizadas en el país, no se han extendido de manera general las pruebas de antígenos o anticuerpos, que permiten reaccionar con mucha mayor rapidez a la expansión de los contagios. Nadie sabe explicar el motivo, y cuando pregunto, la primera respuesta está relacionada casi de forma automática con la corrupción: todos piensan que alguien se beneficia de eso.

Sin embargo, hay también cosas para aprender de la experiencia colombiana, en especial de la calidad de su sistema de salud que a pesar de haber sido minado por el mismo sistema neoliberal que dinamitó el mexicano, posee aún instituciones fuertes que combinan organismos privados (Empresas Promotoras de Salud o EPS’s) y públicos con un nivel muy eficaz de respuesta y servicio. Creo que ahí radica el motivo de haber evitado un colapso general.

Por lo pronto habré de afrontar el encierro con resignación, y tal vez aproveche para reflexionar que hace un siglo la gripe española cargó con unos 75 millones de personas, un 4% de la población mundial de entonces, a lo largo de dos años de pandemia. Tras sólo un año de Covid-19, ya disponemos de un buen arsenal de vacunas y a pesar de todos los aspavientos y nuevas variantes la letalidad ha sido hasta el momento un 96% menor que la de su predecesora.

Mi madre dirá que quizás son cifras estúpidas que no sirven para nada, pero a mí las estadísticas también pueden servirme como tranquilizante, no sé a ustedes.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com



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