/ sábado 16 de enero de 2021

El ágora privada

La pandemia no sólo nos ha hecho más temerosos, también mucho más dependientes del monstruo de las redes sociales. Es evidente quiénes han sido los grandes ganadores. El índice Nasdaq, que aglutina las principales acciones de empresas de tecnología, cotizaba en febrero del año pasado cerca de las 10.000 unidades. Tras un fuerte ajuste de varias semanas, al iniciar los encierros y las restricciones sanitarias, cayó una tercera parte de su valor, hacia los 6.700 puntos, para luego ascender casi sin pausas a todo lo largo de 2020 hasta romper máximos históricos. Esta semana, con todo y zafarrancho en el capitolio gringo, el Nasdaq superó la barrera de los 13.000 puntos. Es decir, casi se duplicó en menos de un año.

Podríamos explicar esto como fruto de una nueva burbuja especulativa, pero es un reflejo brutal de la desmesurada importancia de las redes. Facebook, por ejemplo, lanzada a bolsa en mayo del 2012, ha visto multiplicarse por 10 el precio de su acción en ocho años. En este lapso ha sucedido algo similar con la acción de Microsoft, mientras que la de Amazon se ha multiplicado casi por 20. Snapchat, lanzada a bolsa en marzo de 2017, vio crecer su acción de mínimos de casi 5 dólares en diciembre de 2018 a 50 dólares en enero de este año. Quizás Google tenga, en comparación con los mencionados, un crecimiento menos espectacular, pero es de casi 7 veces.

La semana pasada, pudimos apreciar una muestra de que su poder trasciende el mero hecho económico. Alimentados con nuestros datos y el dinero de millones de inversionistas, los dueños de plataformas como Twitter, Facebook, Parler, Whatsapp y Snapchat no tuvieron empacho alguno en cancelar las cuentas del presidente de los Estados Unidos en funciones. No importa de quién se trate, pensemos en que pudo ser tanto Hitler como Mahatma Gandhi: el poder político democráticamente electo silenciado por los dueños del ágora, que ya no funge como un espacio público de discusión sino como el producto cibernético de un grupo de iluminados. ¿Defendían sólo el interés público de forma desinteresada? No lo sabemos, pero bajo esa divisa se escudan.

“La libertad de expresión está muerta y bajo el control de los grandes señores de la izquierda” tuiteó Donald Trump Jr. (quien todavía tiene cuenta), algo muy discutible porque ¿en realidad son los grandes señores de izquierda? o responden más a una estrategia comercial, a una extraña virtud que brinda beneficios económicos.

George Orwell en su temible novela 1984 pergeñaba un estado totalitario que dominaba la palestra pública y espiaba cada movimiento de sus ciudadanos; de forma voluntaria, aunque con cada vez más reticencia, aceptamos condiciones de uso en contratos kilométricos que ni siquiera leemos y que dotan a estos grandes señores de toda la información que generamos. El único verdadero contrapeso desde el ámbito público a este proceder casi omnímodo ha surgido de la Unión Europea. Los intentos surgidos en los Estados Unidos han sido tachados, por la misma derecha de Trump, como intentos de la izquierda por regular el libre mercado.

La discusión está dada y a la luz de los últimos acontecimientos, promete ser un punto nodal sobre el futuro del internet y las redes sociales. Aunque quizás en México, tras la exoneración del exgeneral Cienfuegos, nos inclinemos más hacia una dictadura militar de tipo orwelliano, como magistralmente nos advierte Michel Franco en su estremecedora película Nuevo orden, que hacia un James Bond que enfrenta a los multimillonarios megalómanos, estilo Elon Musk, en nombre de su Majestad.


Comentarios mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

La pandemia no sólo nos ha hecho más temerosos, también mucho más dependientes del monstruo de las redes sociales. Es evidente quiénes han sido los grandes ganadores. El índice Nasdaq, que aglutina las principales acciones de empresas de tecnología, cotizaba en febrero del año pasado cerca de las 10.000 unidades. Tras un fuerte ajuste de varias semanas, al iniciar los encierros y las restricciones sanitarias, cayó una tercera parte de su valor, hacia los 6.700 puntos, para luego ascender casi sin pausas a todo lo largo de 2020 hasta romper máximos históricos. Esta semana, con todo y zafarrancho en el capitolio gringo, el Nasdaq superó la barrera de los 13.000 puntos. Es decir, casi se duplicó en menos de un año.

Podríamos explicar esto como fruto de una nueva burbuja especulativa, pero es un reflejo brutal de la desmesurada importancia de las redes. Facebook, por ejemplo, lanzada a bolsa en mayo del 2012, ha visto multiplicarse por 10 el precio de su acción en ocho años. En este lapso ha sucedido algo similar con la acción de Microsoft, mientras que la de Amazon se ha multiplicado casi por 20. Snapchat, lanzada a bolsa en marzo de 2017, vio crecer su acción de mínimos de casi 5 dólares en diciembre de 2018 a 50 dólares en enero de este año. Quizás Google tenga, en comparación con los mencionados, un crecimiento menos espectacular, pero es de casi 7 veces.

La semana pasada, pudimos apreciar una muestra de que su poder trasciende el mero hecho económico. Alimentados con nuestros datos y el dinero de millones de inversionistas, los dueños de plataformas como Twitter, Facebook, Parler, Whatsapp y Snapchat no tuvieron empacho alguno en cancelar las cuentas del presidente de los Estados Unidos en funciones. No importa de quién se trate, pensemos en que pudo ser tanto Hitler como Mahatma Gandhi: el poder político democráticamente electo silenciado por los dueños del ágora, que ya no funge como un espacio público de discusión sino como el producto cibernético de un grupo de iluminados. ¿Defendían sólo el interés público de forma desinteresada? No lo sabemos, pero bajo esa divisa se escudan.

“La libertad de expresión está muerta y bajo el control de los grandes señores de la izquierda” tuiteó Donald Trump Jr. (quien todavía tiene cuenta), algo muy discutible porque ¿en realidad son los grandes señores de izquierda? o responden más a una estrategia comercial, a una extraña virtud que brinda beneficios económicos.

George Orwell en su temible novela 1984 pergeñaba un estado totalitario que dominaba la palestra pública y espiaba cada movimiento de sus ciudadanos; de forma voluntaria, aunque con cada vez más reticencia, aceptamos condiciones de uso en contratos kilométricos que ni siquiera leemos y que dotan a estos grandes señores de toda la información que generamos. El único verdadero contrapeso desde el ámbito público a este proceder casi omnímodo ha surgido de la Unión Europea. Los intentos surgidos en los Estados Unidos han sido tachados, por la misma derecha de Trump, como intentos de la izquierda por regular el libre mercado.

La discusión está dada y a la luz de los últimos acontecimientos, promete ser un punto nodal sobre el futuro del internet y las redes sociales. Aunque quizás en México, tras la exoneración del exgeneral Cienfuegos, nos inclinemos más hacia una dictadura militar de tipo orwelliano, como magistralmente nos advierte Michel Franco en su estremecedora película Nuevo orden, que hacia un James Bond que enfrenta a los multimillonarios megalómanos, estilo Elon Musk, en nombre de su Majestad.


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