/ sábado 12 de octubre de 2019

El Nuevo Mundo y la revolución científica sevillana

Por: Betty Zanolli Fabila

Plus Ultra

Uno de los más grandes retos enfrentados por el ser humano, más allá del supremo entendimiento de sí mismo, ha sido el de lograr comprender al tiempo y al espacio. Por lo que respecta a este último, desde la prehistoria encontramos ya los primeros intentos de representación, particularmente vinculados a la respectiva cosmovisión de la cultura que les fue desarrollando. Sin embargo, a Pitágoras (s. VI a.C.) y Eratóstenes (s. III a.C.), deberemos el mayor avance en la antigüedad clásica sobre el conocimiento del espacio terrestre, siendo Ptolomeo – el padre de la teoría que fijaba a la Tierra como centro del universo- a quien se atribuye haber elaborado el primer mapamundi y fijado el meridiano cero en la isla canaria de El Hierro. No obstante, con el paso de las centurias, se sabría que dicho conocimiento era completamente parcial y limitado: el orbe no se circunscribía al Mare Nostrum.

Más allá de las aguas del insondable Oceáno Atlántico, les aguardaba un nuevo continente, lleno de una prodigiosa biodiversidad y pletórico de riquezas naturales, en el que se había desarrollado un extraordinario caleidoscopio de culturas. Sí, desde el momento en que el descubrimiento del Nuevo Mundo se constituyó en el que ha sido, hasta ahora, el mayor parteaguas cultural en la historia de la humanidad. Un encuentro que trastocó desde sus más profundos cimientos los principios en que se fundamentaba el pensamiento filosófico y teológico en Occidente, impactando en todos los órdenes y campos del saber cultivados hasta entonces, así como en el establecimiento de nuevas instituciones científicas. Uno de ellos, de los más inmediatos: la cartografía. Y es que a partir de la segunda mitad del siglo XV, las innovaciones adoptadas por los navegantes lusitanos, genoveses e hispanos, y sus correspondientes descubrimientos, transformaron radicalmente el conocimiento geográfico e impulsaron poderosamente el desarrollo de las ciencias. Fue así como la reina Isabel la Católica decretó por Real Cédula en Alcalá de Henares -inspirada en la recomendación del italiano Francisco Pinelo-, la creación de la Casa de la Contratación de las Indias de Sevilla el 20 de enero de 1503. Casa que, asentada primero en las Atarazanas Reales de Sevilla y luego en el Real Alcázar, haría de esta ciudad la verdadera capital hispana del siglo XVI.

En la actualidad, al aludir a ella, es común catalogarla como el centro sede en que se fincaba el monopolio comercial de la Corona con las Indias, pero la gama de funciones que detentó, no como entidad suprema sino como organismo colegiado delegado del rey, fue mucho más allá del mero aspecto comercial. Constituyó el primer órgano destinado al gobierno y administración de las Indias, controlaba el tráfico y navegación hacia ultramar, examinaba embarcaciones y tribulaciones, supervisaba la emigración a las Indias, organizaba a la armada que resguardaba a los navíos mercantiles, era depósito financiero de la Corona, garantizaba los bienes de difuntos, fiscalizaba -como órgano aduanero- las mercancías embarcadas hacia los viajes transoceánicos, era tribunal en materia civil y criminal de los asuntos relacionados con las Indias, y fue, ante todo, una notable escuela, de ahí el que le denominara el propio Pedro Martir de Anglería: la Casa del Océano.

De acuerdo con sus Ordenanzas, la Casa estaba a cargo del Piloto Mayor, quien examinaba a los pilotos que navegaban hacia las Indias y se encargaba de impartir clases de enseñanza náutica. El primero y más famoso Piloto Mayor fue el cartógrafo, cosmógrafo y explorador florentino Amerigo Vespucci, nombrado en 1508 por el monarca Fernando el Católico, a quien sucedieron en 1512, Juan Díaz de Solís y, en 1518, el inglés Sebastian Cabott. Para 1523, fue necesario crear una nueva plaza, la de Cosmógrafo, encomendado de supervisar la elaboración de las llamadas “cartas de marear” y de fabricar instrumentos náuticos, correspondiendo al portugués Diego Ribera formalmente la primera designación como tal. Por su parte, una nueva Real Cédula establecería, en 1552, la plaza de maestro de Cosmografía para enseñar la teoría náutica a los pilotos antes de realizar sus viajes a las Indias, a la par que se les impartía ya en aquellos tiempos clases de matemáticas, astronomía, cartografía, hidrografía y artillería.

A más de medio milenio de distancia del descubrimiento de América, evocar la génesis de estas instituciones nos permite comprender que, más allá de los intereses económicos, políticos e ideológicos que pudieron tener las monarquías europeas, particularmente la española, en su empresa geográfica y de conquista y colonización de las denominadas “Indias”, resulta necesario profundizar en el estudio del pasado desde otras perspectivas, ya que aún en los acervos de las grandes instituciones coloniales, se encuentran contenidos innumerables secretos que nos deparan la posibilidad de reescribir, desde el Viejo Mundo, una nueva historia.


bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli


Por: Betty Zanolli Fabila

Plus Ultra

Uno de los más grandes retos enfrentados por el ser humano, más allá del supremo entendimiento de sí mismo, ha sido el de lograr comprender al tiempo y al espacio. Por lo que respecta a este último, desde la prehistoria encontramos ya los primeros intentos de representación, particularmente vinculados a la respectiva cosmovisión de la cultura que les fue desarrollando. Sin embargo, a Pitágoras (s. VI a.C.) y Eratóstenes (s. III a.C.), deberemos el mayor avance en la antigüedad clásica sobre el conocimiento del espacio terrestre, siendo Ptolomeo – el padre de la teoría que fijaba a la Tierra como centro del universo- a quien se atribuye haber elaborado el primer mapamundi y fijado el meridiano cero en la isla canaria de El Hierro. No obstante, con el paso de las centurias, se sabría que dicho conocimiento era completamente parcial y limitado: el orbe no se circunscribía al Mare Nostrum.

Más allá de las aguas del insondable Oceáno Atlántico, les aguardaba un nuevo continente, lleno de una prodigiosa biodiversidad y pletórico de riquezas naturales, en el que se había desarrollado un extraordinario caleidoscopio de culturas. Sí, desde el momento en que el descubrimiento del Nuevo Mundo se constituyó en el que ha sido, hasta ahora, el mayor parteaguas cultural en la historia de la humanidad. Un encuentro que trastocó desde sus más profundos cimientos los principios en que se fundamentaba el pensamiento filosófico y teológico en Occidente, impactando en todos los órdenes y campos del saber cultivados hasta entonces, así como en el establecimiento de nuevas instituciones científicas. Uno de ellos, de los más inmediatos: la cartografía. Y es que a partir de la segunda mitad del siglo XV, las innovaciones adoptadas por los navegantes lusitanos, genoveses e hispanos, y sus correspondientes descubrimientos, transformaron radicalmente el conocimiento geográfico e impulsaron poderosamente el desarrollo de las ciencias. Fue así como la reina Isabel la Católica decretó por Real Cédula en Alcalá de Henares -inspirada en la recomendación del italiano Francisco Pinelo-, la creación de la Casa de la Contratación de las Indias de Sevilla el 20 de enero de 1503. Casa que, asentada primero en las Atarazanas Reales de Sevilla y luego en el Real Alcázar, haría de esta ciudad la verdadera capital hispana del siglo XVI.

En la actualidad, al aludir a ella, es común catalogarla como el centro sede en que se fincaba el monopolio comercial de la Corona con las Indias, pero la gama de funciones que detentó, no como entidad suprema sino como organismo colegiado delegado del rey, fue mucho más allá del mero aspecto comercial. Constituyó el primer órgano destinado al gobierno y administración de las Indias, controlaba el tráfico y navegación hacia ultramar, examinaba embarcaciones y tribulaciones, supervisaba la emigración a las Indias, organizaba a la armada que resguardaba a los navíos mercantiles, era depósito financiero de la Corona, garantizaba los bienes de difuntos, fiscalizaba -como órgano aduanero- las mercancías embarcadas hacia los viajes transoceánicos, era tribunal en materia civil y criminal de los asuntos relacionados con las Indias, y fue, ante todo, una notable escuela, de ahí el que le denominara el propio Pedro Martir de Anglería: la Casa del Océano.

De acuerdo con sus Ordenanzas, la Casa estaba a cargo del Piloto Mayor, quien examinaba a los pilotos que navegaban hacia las Indias y se encargaba de impartir clases de enseñanza náutica. El primero y más famoso Piloto Mayor fue el cartógrafo, cosmógrafo y explorador florentino Amerigo Vespucci, nombrado en 1508 por el monarca Fernando el Católico, a quien sucedieron en 1512, Juan Díaz de Solís y, en 1518, el inglés Sebastian Cabott. Para 1523, fue necesario crear una nueva plaza, la de Cosmógrafo, encomendado de supervisar la elaboración de las llamadas “cartas de marear” y de fabricar instrumentos náuticos, correspondiendo al portugués Diego Ribera formalmente la primera designación como tal. Por su parte, una nueva Real Cédula establecería, en 1552, la plaza de maestro de Cosmografía para enseñar la teoría náutica a los pilotos antes de realizar sus viajes a las Indias, a la par que se les impartía ya en aquellos tiempos clases de matemáticas, astronomía, cartografía, hidrografía y artillería.

A más de medio milenio de distancia del descubrimiento de América, evocar la génesis de estas instituciones nos permite comprender que, más allá de los intereses económicos, políticos e ideológicos que pudieron tener las monarquías europeas, particularmente la española, en su empresa geográfica y de conquista y colonización de las denominadas “Indias”, resulta necesario profundizar en el estudio del pasado desde otras perspectivas, ya que aún en los acervos de las grandes instituciones coloniales, se encuentran contenidos innumerables secretos que nos deparan la posibilidad de reescribir, desde el Viejo Mundo, una nueva historia.


bettyzanolli@gmail.com @BettyZanolli