/ sábado 6 de febrero de 2021

Morir de pie

Conocí a don Eustorgio de Anda a los pocos meses de haber llegado a Irapuato. Tuvimos que hacer algunas reparaciones en la casa y sus conocimientos en fontanería nos fueron imprescindibles. Era un hombre mayor, curtido en el trabajo, honesto y buen conversador. De su boca escuché relatos de su infancia en la sierra de Oaxaca donde su abuelo lo llevaba a recorrer para recolectar plantas medicinales, también de su llegada al Bajío, donde había sentado cabeza y formado una familia con Consuelo Martínez. Tuvieron siete hijos a quienes había enseñado de manera religiosa el oficio. “No importa si luego estudian y hacen otra cosa, pero esto siempre les va a servir”, les decía. Con sus manos construyó la casa familiar en la calle Lagunilla de la colonia Nuevo México.

La presencia de don Eustorgio en casa fue recurrente por diversas mejoras y reparaciones, hasta que hace un par de años; tras haberme mudado de vivienda no tuve necesidad de tantos arreglos. Además, tenía instalada tubería de PVC, de la que don Eustorgio, a pesar de saber trabajarla, era acérrimo enemigo.

Como en abril del año pasado, en los inicios de la cuarentena, vino a mi casa para una reparación menor. Como era costumbre lo ayudaba uno de sus nietos, ya diestro en las artes de fontanero, recuerdo que nos despedimos a la antigua, con un fuerte apretón de manos. Yo usaba un cubrebocas y de lo último que hablamos fue de la pandemia. “Todo eso es invento, yo no creo”, me dijo. Yo le dije que no era cuestión de creer, sino de ser precavidos y no dejarse llevar por el miedo. Fue la última vez que lo vi.

Hombre cabal, forjado en el trabajo, correcto en sus negocios, acostumbrado a madrugar diariamente, su actitud vital hacía honor a las palabras de Adolfo León Gómez: “La queja es señal de debilidad y apocamiento. Los espíritus bien templados no se quejan nunca.”

El día 6 del mes pasado, su compañera de toda la vida fue diagnosticada con Covid. Se negaron a hospitalizarla al tener varios conocidos que tras ser internados sólo habían regresado a los suyos convertidos en cenizas. Don Eustorgio se abocó al cuidado de doña Consuelo, con el avance de la enfermedad se convirtió en unos de los miles de irapuatenses víctimas de los chacales que han especulado con el oxígeno ante la mirada complaciente de las autoridades.

La imposibilidad de conseguir un tanque en la zona, la desesperación y la impotencia quebrantaron también su salud, que encadenada a la diabetes desde hacía décadas. El 20 de enero el médico lo encontró con una saturación de 74% y lo diagnosticó con Covid. Sus familiares buscaron la manera de hospitalizarlo en el IMSS pero les negaron el servicio por falta de camas. Así, pasaron a atender a la pareja en dos habitaciones separadas. Don Eustorgio se negó a tomar medicamentos y poco a poco perdió parte de su lucidez, pues era incapaz de hilar frases completas. Algunos piensan que llevaba días aguantándose los síntomas por concentrarse en el cuidado de su mujer; como pensaba que ella fallecería primero, se esmeró en su cuidado y menospreció el propio estado de salud.

Falleció la tarde del lunes 25 de enero, mientras ella lo alcanzó en la madrugada del miércoles, 27. Su familia, extendida entre Oaxaca, Irapuato, Guanajuato, Pachuca, Ciudad de México y los Estados Unidos, no pudo despedirse según sus tradiciones y ha buscado confortar su dolor en los novenarios.

Don Eustorgio y doña Consuelo no sólo nos brindaron un ejemplo de entereza, dignidad y amor; su muerte también señala las miserias e injusticias del sistema de salud de un estado que se autoproclama como la Grandeza de México, mientras ha sido incapaz de impedir una tragedia anunciada, a pesar de los meses que tuvo para prepararse y enfrentarla de una manera más decorosa.

Agradezco a los descendientes de don Eustorgio y doña Consuelo por compartir los detalles de estos últimos días y les ofrezco mis condolencias por esta gran pérdida.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com


Conocí a don Eustorgio de Anda a los pocos meses de haber llegado a Irapuato. Tuvimos que hacer algunas reparaciones en la casa y sus conocimientos en fontanería nos fueron imprescindibles. Era un hombre mayor, curtido en el trabajo, honesto y buen conversador. De su boca escuché relatos de su infancia en la sierra de Oaxaca donde su abuelo lo llevaba a recorrer para recolectar plantas medicinales, también de su llegada al Bajío, donde había sentado cabeza y formado una familia con Consuelo Martínez. Tuvieron siete hijos a quienes había enseñado de manera religiosa el oficio. “No importa si luego estudian y hacen otra cosa, pero esto siempre les va a servir”, les decía. Con sus manos construyó la casa familiar en la calle Lagunilla de la colonia Nuevo México.

La presencia de don Eustorgio en casa fue recurrente por diversas mejoras y reparaciones, hasta que hace un par de años; tras haberme mudado de vivienda no tuve necesidad de tantos arreglos. Además, tenía instalada tubería de PVC, de la que don Eustorgio, a pesar de saber trabajarla, era acérrimo enemigo.

Como en abril del año pasado, en los inicios de la cuarentena, vino a mi casa para una reparación menor. Como era costumbre lo ayudaba uno de sus nietos, ya diestro en las artes de fontanero, recuerdo que nos despedimos a la antigua, con un fuerte apretón de manos. Yo usaba un cubrebocas y de lo último que hablamos fue de la pandemia. “Todo eso es invento, yo no creo”, me dijo. Yo le dije que no era cuestión de creer, sino de ser precavidos y no dejarse llevar por el miedo. Fue la última vez que lo vi.

Hombre cabal, forjado en el trabajo, correcto en sus negocios, acostumbrado a madrugar diariamente, su actitud vital hacía honor a las palabras de Adolfo León Gómez: “La queja es señal de debilidad y apocamiento. Los espíritus bien templados no se quejan nunca.”

El día 6 del mes pasado, su compañera de toda la vida fue diagnosticada con Covid. Se negaron a hospitalizarla al tener varios conocidos que tras ser internados sólo habían regresado a los suyos convertidos en cenizas. Don Eustorgio se abocó al cuidado de doña Consuelo, con el avance de la enfermedad se convirtió en unos de los miles de irapuatenses víctimas de los chacales que han especulado con el oxígeno ante la mirada complaciente de las autoridades.

La imposibilidad de conseguir un tanque en la zona, la desesperación y la impotencia quebrantaron también su salud, que encadenada a la diabetes desde hacía décadas. El 20 de enero el médico lo encontró con una saturación de 74% y lo diagnosticó con Covid. Sus familiares buscaron la manera de hospitalizarlo en el IMSS pero les negaron el servicio por falta de camas. Así, pasaron a atender a la pareja en dos habitaciones separadas. Don Eustorgio se negó a tomar medicamentos y poco a poco perdió parte de su lucidez, pues era incapaz de hilar frases completas. Algunos piensan que llevaba días aguantándose los síntomas por concentrarse en el cuidado de su mujer; como pensaba que ella fallecería primero, se esmeró en su cuidado y menospreció el propio estado de salud.

Falleció la tarde del lunes 25 de enero, mientras ella lo alcanzó en la madrugada del miércoles, 27. Su familia, extendida entre Oaxaca, Irapuato, Guanajuato, Pachuca, Ciudad de México y los Estados Unidos, no pudo despedirse según sus tradiciones y ha buscado confortar su dolor en los novenarios.

Don Eustorgio y doña Consuelo no sólo nos brindaron un ejemplo de entereza, dignidad y amor; su muerte también señala las miserias e injusticias del sistema de salud de un estado que se autoproclama como la Grandeza de México, mientras ha sido incapaz de impedir una tragedia anunciada, a pesar de los meses que tuvo para prepararse y enfrentarla de una manera más decorosa.

Agradezco a los descendientes de don Eustorgio y doña Consuelo por compartir los detalles de estos últimos días y les ofrezco mis condolencias por esta gran pérdida.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com


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