/ sábado 20 de marzo de 2021

Muerte y memoria

El pasado jueves, durante el programa de La nave de Argos, conversábamos con el editor español Luis Luna al respecto de una colección bilingüe de poesía en lengua hebrea que contra viento y pandemia acaba de publicar Amargord ediciones. El primer libro contiene textos de la poeta israelita Diti Ronen. Al cuestionarle sobre algunas de las preocupaciones de la poesía actual en este ámbito comentó que la memoria de la Shoah o el holocausto pervivía en la conciencia colectiva de sus poetas mayores como una forma de resistencia ante la proliferación de teorías negacionistas del exterminio nazi y la banalización de éste por parte de las artes y el espectáculo de masas.

No creo que alguien que haya pisado uno de los campos de exterminio, convertidos ahora en lugares de memoria, como Auschwitz-Birkenau, olvide fácilmente la experiencia. Tras haber visitado hace unas buenas décadas el campo de Dachau, a unos pocos kilómetros de Munich, la imagen de uno de los barracones donde se hacinaban los prisioneros aún sigue anclada en mi mente. Otro lugar siniestro cuya preservación es esencial para evitar que los horrores vuelvan a repetirse con la misma atrocidad e impunidad, es la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada o ESMA, en Buenos Aires, en la actualidad un Museo Sitio de Memoria, símbolo de la lucha contra la dictadura y las desapariciones forzadas. Recorrer sus rincones mientras se escucha los testimonios de los juicios es una experiencia sobrecogedora y a la vez edificante, porque tras décadas de lucha de colectivos de familias, abogados y a través del sistema judicial argentino todo salió a la luz y fue juzgado.

No es un despropósito anclar la memoria a un espacio o lugar donde han sucedido crímenes atroces contra la sociedad: es una responsabilidad con las generaciones futuras para que no se pierda la memoria de lo ocurrido y se evite su repetición. Los poetas israelitas comprenden esta responsabilidad y la plasman en sus versos; en México los colectivos de búsqueda de desaparecidos saben también de la importancia de los lugares de memoria y exigen, por ejemplo, un memorial en el barrio de San Juan en Salvatierra donde fueron exhumadas casi 80 víctimas de fosas clandestinas cuya existencia fue negada de forma sistemática por el gobierno de Guanajuato, hasta que la realidad fue imposible de ocultar con spots publicitarios.

Agnès Callamard, Relatora Especial del Consejo de Derechos Humanos sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, comentó en su informe ante la Asamble General de la ONU el 12 de octubre del año pasado: “Las fosas comunes son prueba de la comisión de violaciones en masa de los derechos humanos y del derecho humanitario, entre ellas el no respeto del derecho a la vida. Además, pueden revelar que el Estado no ha protegido el derecho a la vida”.

No sobra decir que tras haber perdido tiempo valioso negando la existencia de las fosas, hasta la fecha no tenemos resultados claros de las averiguaciones de las autoridades, ni detenidos relacionados con algunos de los 215 cuerpos encontrados en 146 fosas a lo largo de 2020, o alguno de los 78 adicionales encontrados en 19 fosas clandestinas adicionales entre el 1 de enero y el 5 de marzo de este año. A esto podemos sumar otro dato escandaloso: la apertura de 543 carpetas de investigación en el mismo lapso de 2021 por desaparición. De éstas, 85 corresponden a Irapuato, es decir, más de un desaparecido diario.

Cierro esta reflexión sobre la memoria, con las palabras de Callamard: “La Relatora Especial advierte que no se trata en absoluto de sacralizar la historia. Tampoco defiende que se fije en mármol un relato valorizado de la historia, sobre todo cuando el llamado de los muertos es seguramente el de vivir una vida mejor y cuando la más profunda vocación de la historia (y de una historia más completa) no es solo dejar constancia del pasado, sino también servir de guía para un futuro mejor: más justo, menos violento, más humano. El objetivo debe ser, en cambio, crear las condiciones para que se desarrolle un debate en el seno de la sociedad sobre las causas, las responsabilidades directas e indirectas y las consecuencias de los crímenes del pasado, a fin de aumentar las posibilidades de ir más allá de los “relatos totalmente distintos y no reconocidos sobre lo sucedido” y dar explicación a un pasado brutal —sin justificarlo—, aliviando así las tensiones existentes y permitiendo a la sociedad convivir más pacíficamente con el legado de divisiones pasadas.”


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com


El pasado jueves, durante el programa de La nave de Argos, conversábamos con el editor español Luis Luna al respecto de una colección bilingüe de poesía en lengua hebrea que contra viento y pandemia acaba de publicar Amargord ediciones. El primer libro contiene textos de la poeta israelita Diti Ronen. Al cuestionarle sobre algunas de las preocupaciones de la poesía actual en este ámbito comentó que la memoria de la Shoah o el holocausto pervivía en la conciencia colectiva de sus poetas mayores como una forma de resistencia ante la proliferación de teorías negacionistas del exterminio nazi y la banalización de éste por parte de las artes y el espectáculo de masas.

No creo que alguien que haya pisado uno de los campos de exterminio, convertidos ahora en lugares de memoria, como Auschwitz-Birkenau, olvide fácilmente la experiencia. Tras haber visitado hace unas buenas décadas el campo de Dachau, a unos pocos kilómetros de Munich, la imagen de uno de los barracones donde se hacinaban los prisioneros aún sigue anclada en mi mente. Otro lugar siniestro cuya preservación es esencial para evitar que los horrores vuelvan a repetirse con la misma atrocidad e impunidad, es la siniestra Escuela de Mecánica de la Armada o ESMA, en Buenos Aires, en la actualidad un Museo Sitio de Memoria, símbolo de la lucha contra la dictadura y las desapariciones forzadas. Recorrer sus rincones mientras se escucha los testimonios de los juicios es una experiencia sobrecogedora y a la vez edificante, porque tras décadas de lucha de colectivos de familias, abogados y a través del sistema judicial argentino todo salió a la luz y fue juzgado.

No es un despropósito anclar la memoria a un espacio o lugar donde han sucedido crímenes atroces contra la sociedad: es una responsabilidad con las generaciones futuras para que no se pierda la memoria de lo ocurrido y se evite su repetición. Los poetas israelitas comprenden esta responsabilidad y la plasman en sus versos; en México los colectivos de búsqueda de desaparecidos saben también de la importancia de los lugares de memoria y exigen, por ejemplo, un memorial en el barrio de San Juan en Salvatierra donde fueron exhumadas casi 80 víctimas de fosas clandestinas cuya existencia fue negada de forma sistemática por el gobierno de Guanajuato, hasta que la realidad fue imposible de ocultar con spots publicitarios.

Agnès Callamard, Relatora Especial del Consejo de Derechos Humanos sobre las ejecuciones extrajudiciales, sumarias o arbitrarias, comentó en su informe ante la Asamble General de la ONU el 12 de octubre del año pasado: “Las fosas comunes son prueba de la comisión de violaciones en masa de los derechos humanos y del derecho humanitario, entre ellas el no respeto del derecho a la vida. Además, pueden revelar que el Estado no ha protegido el derecho a la vida”.

No sobra decir que tras haber perdido tiempo valioso negando la existencia de las fosas, hasta la fecha no tenemos resultados claros de las averiguaciones de las autoridades, ni detenidos relacionados con algunos de los 215 cuerpos encontrados en 146 fosas a lo largo de 2020, o alguno de los 78 adicionales encontrados en 19 fosas clandestinas adicionales entre el 1 de enero y el 5 de marzo de este año. A esto podemos sumar otro dato escandaloso: la apertura de 543 carpetas de investigación en el mismo lapso de 2021 por desaparición. De éstas, 85 corresponden a Irapuato, es decir, más de un desaparecido diario.

Cierro esta reflexión sobre la memoria, con las palabras de Callamard: “La Relatora Especial advierte que no se trata en absoluto de sacralizar la historia. Tampoco defiende que se fije en mármol un relato valorizado de la historia, sobre todo cuando el llamado de los muertos es seguramente el de vivir una vida mejor y cuando la más profunda vocación de la historia (y de una historia más completa) no es solo dejar constancia del pasado, sino también servir de guía para un futuro mejor: más justo, menos violento, más humano. El objetivo debe ser, en cambio, crear las condiciones para que se desarrolle un debate en el seno de la sociedad sobre las causas, las responsabilidades directas e indirectas y las consecuencias de los crímenes del pasado, a fin de aumentar las posibilidades de ir más allá de los “relatos totalmente distintos y no reconocidos sobre lo sucedido” y dar explicación a un pasado brutal —sin justificarlo—, aliviando así las tensiones existentes y permitiendo a la sociedad convivir más pacíficamente con el legado de divisiones pasadas.”


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com


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