/ miércoles 8 de septiembre de 2021

V I C I S I T U D E S

LA PERSONA: IMAGEN DE DIOS

Todas las personas en el mundo somos iguales, pero diferentes. Tenemos manos, pies, cabeza, cuello, ojos y demás partes del cuerpo, pero no son todas iguales, son diferentes. Nuestro color es distinto, nuestra forma, nuestra complexión es distinta: delgados, gordos, corpulentos, altos, bajos y demás adjetivos que podamos tener.

Todos tenemos una autonomía por el solo hecho de ser personas, merecemos respeto y vivir con dignidad, sin que nadie nos sobaje, lastime o se quiera aprovechar de nosotros. Tenemos una materia física que es nuestro cuerpo, pero también tenemos algo que nos mueve a dirigirnos donde nos encontramos, es decir, tenemos espíritu, pues somos seres espirituales. Nuestro espíritu es incorpóreo, no tiene cuerpo, y de ello depende nuestra alma, que está en otra dimensión, de la cual poco podemos comprender cabalmente.

Si nos metemos un poquitito al ámbito filosófico, porque éste es extenso, difuso, y muchas veces poco comprensible, nos iríamos al sentido o concepto etimológico de la palabra persona. Del griego “prosopon”, del latín “persono”, del etrusco “phersu”, que significa personaje notable, valioso, y aún más, “per sonare”, que emite resonancia o que da potencia a la voz emitida por ese personaje.

La persona realiza su “ser” por medio de su “hacer”, por eso es que cae en una posesión de sí mismo, cuando esa persona expresa el “yo”, como centro de todas sus actividades, tanto físicas como espirituales.

San Agustín menciona que “la persona es la singularidad del hombre consciente de sí mismo, y, como tal, es la Imagen de Dios”. Como cuerpo soy materia, pero el Espíritu de Dios me mueve a actuar. Como personas, como cuerpos, somos simples substancias, todos, de naturaleza racional y espiritual, y eso debemos tratar siempre de comprenderlo. Dios nos dio el alma humana, fuerzas espirituales, virtudes y gracias, con las cuales podemos alcanzar la perfección, esa perfección que pocos, muy pocos alcanzan, porque se puede lograr, pero no es tan fácil, de ahí que no todos somos perfectos, pero podemos ser perfectibles, es decir, sujetos a conseguirla.

La persona llega a contar con un valor que le da o no seguridad, la tan llamada autoestima, que en teoría todos tenemos, baja o alta, como queramos percibirla, pero esta autoestima no debe ser vista como un simple concepto mental que busca la seguridad en sí mismos, sino que va más allá, porque debe verse como una verdadera valoración de su persona humana.

La persona no sólo es ese “bulto” que vemos por la calle, pues somos “alguien” ante la mirada de los demás, y más aún, ante la mirada de nuestro Dador de Vida. La misma Biblia lo enuncia: “La Persona Humana es a Imagen de Dios”. Bendiciones para todos. Mtro. Armando.

LA PERSONA: IMAGEN DE DIOS

Todas las personas en el mundo somos iguales, pero diferentes. Tenemos manos, pies, cabeza, cuello, ojos y demás partes del cuerpo, pero no son todas iguales, son diferentes. Nuestro color es distinto, nuestra forma, nuestra complexión es distinta: delgados, gordos, corpulentos, altos, bajos y demás adjetivos que podamos tener.

Todos tenemos una autonomía por el solo hecho de ser personas, merecemos respeto y vivir con dignidad, sin que nadie nos sobaje, lastime o se quiera aprovechar de nosotros. Tenemos una materia física que es nuestro cuerpo, pero también tenemos algo que nos mueve a dirigirnos donde nos encontramos, es decir, tenemos espíritu, pues somos seres espirituales. Nuestro espíritu es incorpóreo, no tiene cuerpo, y de ello depende nuestra alma, que está en otra dimensión, de la cual poco podemos comprender cabalmente.

Si nos metemos un poquitito al ámbito filosófico, porque éste es extenso, difuso, y muchas veces poco comprensible, nos iríamos al sentido o concepto etimológico de la palabra persona. Del griego “prosopon”, del latín “persono”, del etrusco “phersu”, que significa personaje notable, valioso, y aún más, “per sonare”, que emite resonancia o que da potencia a la voz emitida por ese personaje.

La persona realiza su “ser” por medio de su “hacer”, por eso es que cae en una posesión de sí mismo, cuando esa persona expresa el “yo”, como centro de todas sus actividades, tanto físicas como espirituales.

San Agustín menciona que “la persona es la singularidad del hombre consciente de sí mismo, y, como tal, es la Imagen de Dios”. Como cuerpo soy materia, pero el Espíritu de Dios me mueve a actuar. Como personas, como cuerpos, somos simples substancias, todos, de naturaleza racional y espiritual, y eso debemos tratar siempre de comprenderlo. Dios nos dio el alma humana, fuerzas espirituales, virtudes y gracias, con las cuales podemos alcanzar la perfección, esa perfección que pocos, muy pocos alcanzan, porque se puede lograr, pero no es tan fácil, de ahí que no todos somos perfectos, pero podemos ser perfectibles, es decir, sujetos a conseguirla.

La persona llega a contar con un valor que le da o no seguridad, la tan llamada autoestima, que en teoría todos tenemos, baja o alta, como queramos percibirla, pero esta autoestima no debe ser vista como un simple concepto mental que busca la seguridad en sí mismos, sino que va más allá, porque debe verse como una verdadera valoración de su persona humana.

La persona no sólo es ese “bulto” que vemos por la calle, pues somos “alguien” ante la mirada de los demás, y más aún, ante la mirada de nuestro Dador de Vida. La misma Biblia lo enuncia: “La Persona Humana es a Imagen de Dios”. Bendiciones para todos. Mtro. Armando.

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