/ sábado 31 de julio de 2021

Votantes pendejos

Ni modo, saldré a votar este domingo el 1 de agosto.

A pesar de los llamados a la cordura, una buena parte de ellos provenientes de quienes defendieron o callaron ante los crímenes y saqueos de los últimos gobiernos, me sumaré a los millones que votarán por el sí.

A pesar de que la Suprema Corte haya despedazado la pregunta original y la haya traducido a un español macarrónico para el cual empleó 52 palabras y dos comas, donde no se encuentra el término “expresidente” ni se define marco temporal que impida remontarnos en el enjuiciamiento hasta el principio de los tiempos.

A pesar de que el INE, para evitar más gastos, no desplegará casillas suficientes para que la consulta se acerque a los millones de votantes necesarios.

A pesar de que la ley no debe someterse a consulta, ésta última posee una carga simbólica que la hace pertinente y necesaria: ¿habría alguno de los anteriores mandatarios pensado en recurrir a las urnas para refrendar sus decisiones? ¿Puede alguien poner en duda la responsabilidad de los gobiernos de las últimas décadas de la situación actual de corrupción y violencia?

A pesar de que Vicente Fox, uno de los llamados a rendir cuentas, me llame pendejo. ¿Alguien puede comprender a este personaje que nunca ha hecho honor a su antiguo cargo? ¿Alguien entiende por qué sus declaraciones y negocios mariguanos son tan difundidos por la prensa local? ¿Alguien sabe si en realidad está en sus cabales?

Juan Pablo Villalobos, escritor de Lagos de Moreno, narra en su novela Si viviéramos en un país normal (qué mejor título para nuestra realidad) las desventuras de Orestes, un joven de catorce años que parte en búsqueda de sus hermanitos desaparecidos. Orillado a la indigencia, descubre por casualidad que un pequeño emisor de señales de emergencia interfiere con los televisores de las fondas y otros aparatos eléctricos, con lo que engaña de pueblo en pueblo a sus dueños para ganarse la quesadilla cotidiana. Tras deambular por los Altos se cruza en Tonalá con un encorbatado que, según comentarios del mismo autor, está inspirado en Carlos Salinas de Gortari. Avezado en ardides, el encorbatado desenmascara a Oreo, lo invita a desayunar, y en la mesa lo tienta en un hilarante tête a tête de embaucador a embaucador:

¿Quieres trabajar conmigo?

¿A qué se dedica?

Soy político.

¿Y se gana dinero?

¿Tú qué crees?

Mi papá dice que los políticos son pendejos.

Es parte del negocio, dejar que la gente crea que somos pendejos. ¿Dónde está la pinche comida? Este cabrón nos está chingando.

Así quieren seguir tratándonos. Así ven a la gente a su alrededor, o mejor, debajo de ellos.

Podrán decir que por revanchismo o por resentimiento, pero iré a votar el domingo y espero que esos mismos a quienes llaman pendejos lo hagan también por millones.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

Ni modo, saldré a votar este domingo el 1 de agosto.

A pesar de los llamados a la cordura, una buena parte de ellos provenientes de quienes defendieron o callaron ante los crímenes y saqueos de los últimos gobiernos, me sumaré a los millones que votarán por el sí.

A pesar de que la Suprema Corte haya despedazado la pregunta original y la haya traducido a un español macarrónico para el cual empleó 52 palabras y dos comas, donde no se encuentra el término “expresidente” ni se define marco temporal que impida remontarnos en el enjuiciamiento hasta el principio de los tiempos.

A pesar de que el INE, para evitar más gastos, no desplegará casillas suficientes para que la consulta se acerque a los millones de votantes necesarios.

A pesar de que la ley no debe someterse a consulta, ésta última posee una carga simbólica que la hace pertinente y necesaria: ¿habría alguno de los anteriores mandatarios pensado en recurrir a las urnas para refrendar sus decisiones? ¿Puede alguien poner en duda la responsabilidad de los gobiernos de las últimas décadas de la situación actual de corrupción y violencia?

A pesar de que Vicente Fox, uno de los llamados a rendir cuentas, me llame pendejo. ¿Alguien puede comprender a este personaje que nunca ha hecho honor a su antiguo cargo? ¿Alguien entiende por qué sus declaraciones y negocios mariguanos son tan difundidos por la prensa local? ¿Alguien sabe si en realidad está en sus cabales?

Juan Pablo Villalobos, escritor de Lagos de Moreno, narra en su novela Si viviéramos en un país normal (qué mejor título para nuestra realidad) las desventuras de Orestes, un joven de catorce años que parte en búsqueda de sus hermanitos desaparecidos. Orillado a la indigencia, descubre por casualidad que un pequeño emisor de señales de emergencia interfiere con los televisores de las fondas y otros aparatos eléctricos, con lo que engaña de pueblo en pueblo a sus dueños para ganarse la quesadilla cotidiana. Tras deambular por los Altos se cruza en Tonalá con un encorbatado que, según comentarios del mismo autor, está inspirado en Carlos Salinas de Gortari. Avezado en ardides, el encorbatado desenmascara a Oreo, lo invita a desayunar, y en la mesa lo tienta en un hilarante tête a tête de embaucador a embaucador:

¿Quieres trabajar conmigo?

¿A qué se dedica?

Soy político.

¿Y se gana dinero?

¿Tú qué crees?

Mi papá dice que los políticos son pendejos.

Es parte del negocio, dejar que la gente crea que somos pendejos. ¿Dónde está la pinche comida? Este cabrón nos está chingando.

Así quieren seguir tratándonos. Así ven a la gente a su alrededor, o mejor, debajo de ellos.

Podrán decir que por revanchismo o por resentimiento, pero iré a votar el domingo y espero que esos mismos a quienes llaman pendejos lo hagan también por millones.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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