/ sábado 8 de mayo de 2021

Días rojos

Ha sido una semana de confusión y estupor ante las noticias que llegan de Colombia como consecuencia del paro nacional y la actuación de la fuerza pública. La escala de las protestas y enfrentamientos populares no había tenido puntos de comparación recientes en la historia del país. Algunos analistas que escuché en los medios se remiten al temible Bogotazo de 1948, considerado por muchos como el inicio de la Violencia que ha marcado el ritmo de nuestra historia nacional desde entonces.

No quiero extenderme sobre las calidades del gobierno de Iván Duque, ya lo hecho en varias ocasiones; su forma de actuar en estos últimos meses sólo corrobora lo que muchos temíamos: ineptitud, sumisión absoluta a su nodriza política y desprecio visceral por su propio pueblo.

Prefiero compartir un hallazgo personal; unas semanas antes de fallecer mi padre, entre los documentos que dejó mi madre y mi hermana encontraron, una pequeña libreta escrita con su puño y letra. Nadie tenía idea de su existencia, la guardaba como un pequeño tesoro de su juventud. Mi padre siempre fue un hombre metódico y disciplinado, entre sus pertenencias apareció también un testamento informal en una pequeña tarjeta, redactado cuando apenas había cumplido los 18 años. La libreta, titulada Recordar es vivir (hay que reconocer que no era muy original para los títulos) contiene una cronología de su vida que inicia en 1929, un año antes de su nacimiento y finaliza en 1960. Es decir, resume el primer tercio de su vida, durante los cuales buena parte los vivió como parte de la orden de San Juan Bautista de la Salle. Es decir, condensan la mirada de un hombre religioso de treinta años de edad. La caligrafía es perfecta y no se encuentra una sola duda, borrón o enmendadura en un papel cuyas dimensiones no superan el cuarto de carta.

Tras comentar con mis hijos algunos episodios de la historia colombiana, decidí leerles el pasaje donde comenta cómo vivió el 9 de abril de 1948, para que tuvieran otra perspectiva de cómo podían escalar los disturbios, y cómo se habían resuelto entonces, con las consecuencias que todavía se viven.

Abril 9, Viernes Rojo: Asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Comienza la revolución: se ven llamaradas, se oyen gritos, sirenas, pitos, amenazas, disparos…

Noche: sueño imposible, descargas cercanas y constantes grupos de francotiradores que se acercan a la casa: vivas, abajos, mueras!... palabras soeces… golpes con hachas y machetes al portón, linternas que enfocan las ventanas. Bogotá iluminada por la rojiza luz de sus mejores edificios en llamas.

El 10 de abril: continuo tiroteo, cañonazos, abajos, grupos de bandoleros por las calles… Continua zozobra, nervios en punta, preparación para la muerte, oraciones de lo íntimo del alma.

A las 5½ pm nos ordenan ponernos bajo la sotana el vestido civil, nos dan cintas rojas para la solapa.

Recibimos las últimas instrucciones, anotamos direcciones, guardamos dinero.

A las 8½ nos cortan la luz estando en la Capilla. Nos dan orden de salir de la casa.

Salimos por los potreros de San Benito, hacia el bosque del Hospital San Carlos; tres copones y el viril era cuidadosamente llevados, los hermanos ancianos y enfermos; permanecemos tendidos para librarnos de las descargas que nos hacían, escuchando el vocerío humano que por distintas calles se acercaba a nuestro Noviciado; angustiados esperábamos ver el incendio de nuestra casa querida como allá a lo lejos, como una tétrica tea, iluminaba la calcinada ciudad, el Instituto de La Salle profanado y destruido por manos infames.

San José se las arregló. Un piquete de soldados de la Artillería dispersó la chusma y custodió la casa. A eso de la medianoche tres veces enfocó una linterna sobre nosotros desde una de las ventanas de la casa, dándonos así la señal de retorno.

El 17 de abril llegan a verme de la Casa, N. Sr. sabe cumplir sus promesas y proteger amorosamente a los que tratan de seguirlo con su cruz a cuestas.

Vivimos otros tiempos y otras realidades, pero nunca hay que olvidar que aún pagamos los errores del pasado. Sufrimos las misma ira, la misma desigualdad y el mismo desprecio por la chusma, quizás definida actualmente bajo otros epítetos.

El hombre que escribió esas líneas, una vez colgó los hábitos, no fue el mismo: a pesar de lo vivido me inculcó valores de respeto, tolerancia y diálogo. De igual forma, me gustaría pensar que un gobierno de corte fascista como el de Iván Duque es capaz de un mínimo de grandeza con su pueblo.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

Ha sido una semana de confusión y estupor ante las noticias que llegan de Colombia como consecuencia del paro nacional y la actuación de la fuerza pública. La escala de las protestas y enfrentamientos populares no había tenido puntos de comparación recientes en la historia del país. Algunos analistas que escuché en los medios se remiten al temible Bogotazo de 1948, considerado por muchos como el inicio de la Violencia que ha marcado el ritmo de nuestra historia nacional desde entonces.

No quiero extenderme sobre las calidades del gobierno de Iván Duque, ya lo hecho en varias ocasiones; su forma de actuar en estos últimos meses sólo corrobora lo que muchos temíamos: ineptitud, sumisión absoluta a su nodriza política y desprecio visceral por su propio pueblo.

Prefiero compartir un hallazgo personal; unas semanas antes de fallecer mi padre, entre los documentos que dejó mi madre y mi hermana encontraron, una pequeña libreta escrita con su puño y letra. Nadie tenía idea de su existencia, la guardaba como un pequeño tesoro de su juventud. Mi padre siempre fue un hombre metódico y disciplinado, entre sus pertenencias apareció también un testamento informal en una pequeña tarjeta, redactado cuando apenas había cumplido los 18 años. La libreta, titulada Recordar es vivir (hay que reconocer que no era muy original para los títulos) contiene una cronología de su vida que inicia en 1929, un año antes de su nacimiento y finaliza en 1960. Es decir, resume el primer tercio de su vida, durante los cuales buena parte los vivió como parte de la orden de San Juan Bautista de la Salle. Es decir, condensan la mirada de un hombre religioso de treinta años de edad. La caligrafía es perfecta y no se encuentra una sola duda, borrón o enmendadura en un papel cuyas dimensiones no superan el cuarto de carta.

Tras comentar con mis hijos algunos episodios de la historia colombiana, decidí leerles el pasaje donde comenta cómo vivió el 9 de abril de 1948, para que tuvieran otra perspectiva de cómo podían escalar los disturbios, y cómo se habían resuelto entonces, con las consecuencias que todavía se viven.

Abril 9, Viernes Rojo: Asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Comienza la revolución: se ven llamaradas, se oyen gritos, sirenas, pitos, amenazas, disparos…

Noche: sueño imposible, descargas cercanas y constantes grupos de francotiradores que se acercan a la casa: vivas, abajos, mueras!... palabras soeces… golpes con hachas y machetes al portón, linternas que enfocan las ventanas. Bogotá iluminada por la rojiza luz de sus mejores edificios en llamas.

El 10 de abril: continuo tiroteo, cañonazos, abajos, grupos de bandoleros por las calles… Continua zozobra, nervios en punta, preparación para la muerte, oraciones de lo íntimo del alma.

A las 5½ pm nos ordenan ponernos bajo la sotana el vestido civil, nos dan cintas rojas para la solapa.

Recibimos las últimas instrucciones, anotamos direcciones, guardamos dinero.

A las 8½ nos cortan la luz estando en la Capilla. Nos dan orden de salir de la casa.

Salimos por los potreros de San Benito, hacia el bosque del Hospital San Carlos; tres copones y el viril era cuidadosamente llevados, los hermanos ancianos y enfermos; permanecemos tendidos para librarnos de las descargas que nos hacían, escuchando el vocerío humano que por distintas calles se acercaba a nuestro Noviciado; angustiados esperábamos ver el incendio de nuestra casa querida como allá a lo lejos, como una tétrica tea, iluminaba la calcinada ciudad, el Instituto de La Salle profanado y destruido por manos infames.

San José se las arregló. Un piquete de soldados de la Artillería dispersó la chusma y custodió la casa. A eso de la medianoche tres veces enfocó una linterna sobre nosotros desde una de las ventanas de la casa, dándonos así la señal de retorno.

El 17 de abril llegan a verme de la Casa, N. Sr. sabe cumplir sus promesas y proteger amorosamente a los que tratan de seguirlo con su cruz a cuestas.

Vivimos otros tiempos y otras realidades, pero nunca hay que olvidar que aún pagamos los errores del pasado. Sufrimos las misma ira, la misma desigualdad y el mismo desprecio por la chusma, quizás definida actualmente bajo otros epítetos.

El hombre que escribió esas líneas, una vez colgó los hábitos, no fue el mismo: a pesar de lo vivido me inculcó valores de respeto, tolerancia y diálogo. De igual forma, me gustaría pensar que un gobierno de corte fascista como el de Iván Duque es capaz de un mínimo de grandeza con su pueblo.


Comentarios a mi correo electrónico: panquevadas@gmail.com

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