/ miércoles 5 de agosto de 2020

V I C I S I T U D E S

FAMILIA, LUGAR DE PERDÓN

Estaba buscando un libro en mi biblioteca personal, que me diera la oportunidad de actualizarme en acciones médicas preventivas que conlleven a visualizarnos de mejor forma, tanto física, mental, como emocional, y, porque no decirlo, en la visión espiritual que tanto nos hace falta hoy en día.

Me encontré con tres de ellos que iré leyendo poco a poco, y de acuerdo con lo que lea, se los compartiré a mi modo, a mi estilo.

Entre buscar y buscar me encontré unas lecturas que estaba por romper, pero me detuve a hacerlo por dos razones: el tema que trataban y el número de hojas con la misma lectura.

Cuando uno escribe, al menos así lo dibujo en mi mente, en mis pensamientos, siempre pienso en qué es lo que puede interesar a mis lectores, por pequeña o extensa que sea mi colaboración, y qué tanto puede ayudar a ellos, a reencontrase con el tema o a verlo por primera ocasión, como normalmente acontece. Es simplemente cuestión de empatía, porque, al fin y al cabo, el interés puede ser suficiente o totalmente nulo.

Decidí compartírselos esta semana, porque, aunque es pequeño en extensión, es profundo en su contenido. Muy probablemente algunos de ustedes ya lo hayan leído, pero habrá otros que no sea así, y que puedan meditar por unos minutos lo que sucede muchas veces en nuestras familias sin darnos cuenta, por los errores que como humanos cometemos, por las faltas que, con conciencia o sin ella, hemos lastimado a nuestros seres queridos.

Es un fragmento de una homilía que nuestro Santo Padre el Papa Francisco escribió y leyó, y que puede dejarnos una gran enseñanza, un aprendizaje que podría cambiar nuestra forma de vernos y sentirnos en la familia, como seres vulnerables, frágiles y débiles, pero con una enorme oportunidad de perdonar. Se titula: “Familia, Lugar de Perdón”. Enuncia lo siguiente:

“No hay familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de los demás. Decepcionamos unos a otros. Por eso, no hay matrimonio sano ni familia sana sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y la supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas.

Sin perdón la familia se enferma. El perdón es la asepsia del alma, la limpieza de la mente y la libertad del corazón. Quien no perdona no tiene paz en el alma ni comunión con Dios. La pena es un veneno que intoxica y mata. Guardar el dolor en el corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. El que no perdona se enferma física, emocional y espiritualmente.

Y por eso la familia necesita ser lugar de vida y no de muerte. Territorio de cura y no de enfermedad; escenario de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde la pena produjo tristeza; en la que el dolor causó la enfermedad”.

Estimados lectores, seguro estoy que en más de alguna ocasión hemos escuchado que el perdón transforma, que nos trae alegría, tranquilidad y equilibrio emocional; nos permite encontrarnos con los demás, y, lo más importante: con nosotros mismos. El Señor les bendiga y les dé su paz. Mtro. Armando.

FAMILIA, LUGAR DE PERDÓN

Estaba buscando un libro en mi biblioteca personal, que me diera la oportunidad de actualizarme en acciones médicas preventivas que conlleven a visualizarnos de mejor forma, tanto física, mental, como emocional, y, porque no decirlo, en la visión espiritual que tanto nos hace falta hoy en día.

Me encontré con tres de ellos que iré leyendo poco a poco, y de acuerdo con lo que lea, se los compartiré a mi modo, a mi estilo.

Entre buscar y buscar me encontré unas lecturas que estaba por romper, pero me detuve a hacerlo por dos razones: el tema que trataban y el número de hojas con la misma lectura.

Cuando uno escribe, al menos así lo dibujo en mi mente, en mis pensamientos, siempre pienso en qué es lo que puede interesar a mis lectores, por pequeña o extensa que sea mi colaboración, y qué tanto puede ayudar a ellos, a reencontrase con el tema o a verlo por primera ocasión, como normalmente acontece. Es simplemente cuestión de empatía, porque, al fin y al cabo, el interés puede ser suficiente o totalmente nulo.

Decidí compartírselos esta semana, porque, aunque es pequeño en extensión, es profundo en su contenido. Muy probablemente algunos de ustedes ya lo hayan leído, pero habrá otros que no sea así, y que puedan meditar por unos minutos lo que sucede muchas veces en nuestras familias sin darnos cuenta, por los errores que como humanos cometemos, por las faltas que, con conciencia o sin ella, hemos lastimado a nuestros seres queridos.

Es un fragmento de una homilía que nuestro Santo Padre el Papa Francisco escribió y leyó, y que puede dejarnos una gran enseñanza, un aprendizaje que podría cambiar nuestra forma de vernos y sentirnos en la familia, como seres vulnerables, frágiles y débiles, pero con una enorme oportunidad de perdonar. Se titula: “Familia, Lugar de Perdón”. Enuncia lo siguiente:

“No hay familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de los demás. Decepcionamos unos a otros. Por eso, no hay matrimonio sano ni familia sana sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y la supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas.

Sin perdón la familia se enferma. El perdón es la asepsia del alma, la limpieza de la mente y la libertad del corazón. Quien no perdona no tiene paz en el alma ni comunión con Dios. La pena es un veneno que intoxica y mata. Guardar el dolor en el corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. El que no perdona se enferma física, emocional y espiritualmente.

Y por eso la familia necesita ser lugar de vida y no de muerte. Territorio de cura y no de enfermedad; escenario de perdón y no de culpa. El perdón trae alegría donde la pena produjo tristeza; en la que el dolor causó la enfermedad”.

Estimados lectores, seguro estoy que en más de alguna ocasión hemos escuchado que el perdón transforma, que nos trae alegría, tranquilidad y equilibrio emocional; nos permite encontrarnos con los demás, y, lo más importante: con nosotros mismos. El Señor les bendiga y les dé su paz. Mtro. Armando.

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